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Año Jubilar
50 años de la Canonización de
Santa Beatriz da Silva
Fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción
(Madres Concepcionistas)




El año 2026, cincuentenario de la canonización de Santa Beatriz da Silva, ha sido declarado Año Jubilar por el Papa León XIV (ver Decreto aquí).    
Video (15 minutos) sobre la vida
de Santa Beatriz de Silva.
Cortesía de Voces de Fe
BOLETÍN
INFORMATIVO DE
LA CAUSA DE
BEATIFICACIÓN
Nº 120 - Abril 2026
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Las virtudes de la Venerable
Madre Patrocinio
Adaptado de "Sor Patrocinio la Monja de las llagas" del P. Juan B. Gomis, Pág. 282 - 286
El Catecismo de la Iglesia Católica (art. 1804) enseña que "las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe".

La Venerable Madre Patrocinio vivió con intensidad esta suma de virtudes. No hay virtud -moral, teológica, cívica o propiamente femenina- que no brillara con especial realce en esta mujer, honra de España, de la Iglesia y de su convento. Así lo recoge un testimonio de la época: "Nuestra Madre Patrocinio tenía virtudes muy sólidas: era amable, humilde, paciente y muy caritativa; infundía respeto con solo mirarla, era obediente y sentía un gran celo por el culto y la gloria de Dios".

Una religiosa que sobrevivió al destierro de la comunidad de Badajoz ordenado por Narváez declaró en 1899: "Era una religiosa muy amable, cariñosa y recogida. Llevaba con gran resignación las dificultades que atravesaba, y con buena gracia era muy devota de la Santísima Virgen".

El Martirologio Franciscano recuerda que la Sierva de Dios María de los Dolores y Patrocinio, monja concepcionista, dio a sus hermanas en religión ejemplos admirables de todas las virtudes. Tanto los escritores católicos como quienes la conocieron personalmente -incluidos sus confesores- coinciden en que nunca perdió la inocencia bautismal, y que por ello creció sin cesar de virtud en virtud. Se mantuvo, durante una vida llena de agitación, como azucena entre espinas; fue, según el obispo mártir Esténaga, "blanco lirio sin mancilla", y según la Madre Isabel de Jesús, "cándida azucena del Jardín Seráfico".

Los progresistas y liberales del siglo XIX no supieron ver más que lodo donde solo había blancura purísima. No reconocieron la luz, y la negaron.

El amor divino transforma las almas y las hace partícipes de lo celestial; comunica perfecciones angélicas y convierte a un hombre en ángel. "Ángel" la llamaron, sin reservas, quienes intuyeron la grandeza sobrehumana de su corazón y la inocencia encantadora de sus costumbres. Fue modelo de perfección evangélica, pues el Evangelio era en ella norma de vida. Aparecía constantemente envuelta en un halo sobrenatural, dulce y cercano.
De su persona, como de un rosal en flor, se desprendían efluvios de virtud cristiana que perfumaban cuanto la rodeaba. San Francisco de Asís, San Francisco de Sales y Santa Teresa parecían revivir en ella: las Llagas, como las de San Francisco; la mansedumbre, tomada de San Francisco de Sales; y la feminidad, un eco auténtico de Santa Teresa.

Por razones de espacio, resulta imposible enumerar todas las virtudes que florecieron en su alma. De ascensión en ascensión, sube al Reino de Dios, tranquila y segura. No hay lugar para más: en esta suma de virtudes se recoge y se vive plenamente el retrato de la Venerable Madre Patrocinio.


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