El Catecismo de la Iglesia Católica (art. 1804) enseña que "las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe".
La Venerable Madre Patrocinio vivió con intensidad esta suma de virtudes. No hay virtud -moral, teológica, cívica o propiamente femenina- que no brillara con especial realce en esta mujer, honra de España, de la Iglesia y de su convento. Así lo recoge un testimonio de la época: "Nuestra Madre Patrocinio tenía virtudes muy sólidas: era amable, humilde, paciente y muy caritativa; infundía respeto con solo mirarla, era obediente y sentía un gran celo por el culto y la gloria de Dios".
Una religiosa que sobrevivió al destierro de la comunidad de Badajoz ordenado por Narváez declaró en 1899: "Era una religiosa muy amable, cariñosa y recogida. Llevaba con gran resignación las dificultades que atravesaba, y con buena gracia era muy devota de la Santísima Virgen".
El Martirologio Franciscano recuerda que la Sierva de Dios María de los Dolores y Patrocinio, monja concepcionista, dio a sus hermanas en religión ejemplos admirables de todas las virtudes. Tanto los escritores católicos como quienes la conocieron personalmente -incluidos sus confesores- coinciden en que nunca perdió la inocencia bautismal, y que por ello creció sin cesar de virtud en virtud. Se mantuvo, durante una vida llena de agitación, como azucena entre espinas; fue, según el obispo mártir Esténaga, "blanco lirio sin mancilla", y según la Madre Isabel de Jesús, "cándida azucena del Jardín Seráfico".
Los progresistas y liberales del siglo XIX no supieron ver más que lodo donde solo había blancura purísima. No reconocieron la luz, y la negaron.
El amor divino transforma las almas y las hace partícipes de lo celestial; comunica perfecciones angélicas y convierte a un hombre en ángel. "Ángel" la llamaron, sin reservas, quienes intuyeron la grandeza sobrehumana de su corazón y la inocencia encantadora de sus costumbres. Fue modelo de perfección evangélica, pues el Evangelio era en ella norma de vida. Aparecía constantemente envuelta en un halo sobrenatural, dulce y cercano.
De su persona, como de un rosal en flor, se desprendían efluvios de virtud cristiana que perfumaban cuanto la rodeaba. San Francisco de Asís, San Francisco de Sales y Santa Teresa parecían revivir en ella: las Llagas, como las de San Francisco; la mansedumbre, tomada de San Francisco de Sales; y la feminidad, un eco auténtico de Santa Teresa.
Por razones de espacio, resulta imposible enumerar todas las virtudes que florecieron en su alma. De ascensión en ascensión, sube al Reino de Dios, tranquila y segura. No hay lugar para más: en esta suma de virtudes se recoge y se vive plenamente el retrato de la Venerable Madre Patrocinio.